miércoles, 2 de noviembre de 2011

Solo para ti.

Cinco y cinco de la madrugada del veinticinco, y hoy ya tienes cinco.

Un corazón inmenso de cinco, encerrado en un cuerpo de gigantón enanito.

Un hoyito en la mejilla que me dice que eres yo, que eres mi bebé mayor, ese mismo que bautizó nuestro habitat como la tierra de “¿Dónde bastará?”. Hoy se notan tus cinco y para empezar el día los “saquetines” no necesitaron mi ayuda para proteger esas dos lanchas que tienes al final de las piernas.

Hoy es tu esperado día, tantas cuentas acabaron, creía yo, pero muy de mañana ya preguntaste cuanto faltaba para acabar el cinco. Mi hermoso matemático, mi niño mimado, eterno inconformista cargado de amor que aún no sabes cómo repartir. Tu cuerpo crece pero tú sigues siendo el del llanto de la “i”.

Ayer matabas abejas en Sprinfield y hoy libras batallas en el medievo, eres el pequeño caballero, el que reparte ternura con su presencia.

Tan revoltoso como tu pelo y más profundo, aún, que tu mirada. La bondad por bandera, los celos por pendón y el amor más grande, el amor a mamá, por estandarte.

NADIE ose a intentar cambiarte, no lo quieres tú y así te ama tu padre, el que suscribe esto.

Fiel escudero seré, en batallas y entuertos, en guerras, en victoria y derrotas, en la vida y en los sueños. Hoy es tu día, el día de tu valentía, el día del cinco es tuyo y para acompañarte me adentraré en un terreno que no es mio, la tierra de los versos que me fue negada al nacimiento. Hoy, repito, por ti, por mi gigante infantil... lo intento.



Valiente explorador, con la alergia en la mochila

en busca de especies nuevas para romper la rutina

Cazador de lagartijas, oteando horizontes

el líder de la pandilla si se avista un saltamontes.

En insectos de vivos colores aprendiste que hay veneno

preguntas si pica el bicho para que te diga que eres bueno.

¿Qué si eres bueno mi vida?

¡No preguntes eso, por Dios!

Eres la alegría vivida

Eres... el buen amor

Carlos Valdés Cervantes

miércoles, 20 de julio de 2011

Mi niño Jesús.

  

        
Esos brackets nunca podrán apagar tu sonrisa, ni esa alegría que transmites con sólo mirarte. El rey sol, celoso de tu mirada, te hace entrecerrar los ojos. Pero, ni  así, conseguirá jamás hacerle sombra a esa luz que desprenden tus hermosos ojos. Ese estallido de color, que emiten, hermosos, tanto que parece venir directamente de ese inmenso y bondadoso corazón que riega todas tus acciones.

Por eso y por muchas cosas más, que sólo tú y yo sabemos, te quiero tanto hijo. Por eso siempre voy a estar a tu lado para lo que necesites, y cuando no esté aquí, te seguiré cuidando allá Dios me mande, porque El es amor y sabe que el mio por ti es algo mucho más grande que cualquier tarea que me quiera encomendar. Envidia me daría de tu pandilla, porque ellos tienen al mejor amigo. Pero yo... Yo tengo "El HIJO MAS BUENO DEL MUNDO"

Te quiero mucho. Tu padre.

Carlos Valdés Cervantes.

domingo, 17 de julio de 2011

Roraima



Desperté pensando que algo importante iba a suceder, había llegado el gran día, me levanté de inmediato para avisar a Ysandra y la encontré con los ojos muy abiertos y una sonrisa en su rostro.
-¡Vamos! Levántate perezosa, tenemos un largo camino por delante.
Al rato, ya habíamos tomado la vía que nos llevaría al punto de encuentro, allí nos reuniríamos con el grupo y los guías Pemones que nos acompañarían en el recorrido para alcanzar la cima del Roraima.
Ysandra y yo llevábamos en las mochilas lo indispensable, aunque pienso que la de ella pesaba más pues era muy precavida y llevaba más ropa de abrigo para las noches frías en la montaña.
Terri, el guía del grupo, era un indio de la tribu de los Pemones, esperaba que llegaran al campamento los pocos que faltaban, entre ellos Celso, un indio de la misma tribu que se había marchado a la ciudad a estudiar y prepararse para trabajar luego en su comunidad y con su gente. Desde que se había marchado años atrás, no había vuelto y recordaba con nostalgia cuando había alcanzado la cima por primera vez junto a su padre, uno de los porteadores más viejos de la zona. Apenas hacía unas semanas, había fallecido y él, había vuelto a su sabana para participar en los rituales fúnebres junto a su familia, este hecho coincidía con el fin de curso en la universidad así que no tenía prisa en volver. Quería sentir su tierra, caminar los senderos que tantas veces había recorrido su padre, el viejo Morok y dejarse llevar por la magia del lugar. Solo una cosa le molestaba un poco, eso de subir con un grupo que no entendía la esencia de la montaña, que venían de la ciudad con zapatos nuevos y mucha teoría aprendida, aunque siempre se encontraba alguna que otra persona sensible y él tenía un sexto sentido para reconocerlos.
Comenzamos el recorrido a través de la sabana, siguiendo al indio Terri, que junto a los otros que conocían la ruta, se ocupaba de llevar la comida y las carpas que nos servirían de refugio. Todo esto lo cargaba en una especie de bulto que llevaban en la espalda y que llamaban guayare hechos de palma y bambú. Atravesamos el río Tek de aguas heladas y más tarde el caudaloso Kukenan, cuya corriente era tan fuerte que para cruzarlo debimos sujetarnos a unas cuerdas que nos servían de soporte, a pesar de eso, resbalé y caí ya que el fondo era de piedras lisas, Celso, otro de los indios me ayudó y logre llegar del otro lado.
Caminamos unas cinco horas, la ruta era intrincada pero la emoción era tan grande al ver la inmensidad de la montaña frente a nosotros, que el cansancio daba paso a la energía. No lograba comprender de qué manera podríamos subir la montaña, que aparecía ante nosotros como una dama azul de paredes lisas y rectas, coronada por una planicie inmensa. Una de las formaciones más antiguas del planeta respiraba cerca de mí, vibrante, esplendorosa, adornada de nubes que la abrazaban.
Andábamos en silencio, y de vez en cuando los guías entonaban canciones muy suaves en su idioma, le pregunté a Terri acerca de la letra de esas melodías, y nos contó que forman parte de su tradición, es un pedido de protección a los dioses para que nos guíe en el camino, también piden protección para sus familias que los esperan.
Un poco más allá iba Celso, cabizbajo y pensativo, retirado del grupo, sólo. Iba meditando y pedía permiso a los espíritus guardianes para visitar la montaña. Cada vez que pisaba ese lugar sagrado para su etnia, la montaña lo sorprendía de alguna forma, manifestando su naturaleza. En ese momento la veía tan cerca que no podía contener la emoción de tocar su corteza, acariciar sus rocas y beber de sus lagunas.
A cada momento nos acercábamos más a la base del Roraima, el aire era diferente se respiraba pureza. Los colores del paisaje cambiaban rápidamente y el aspecto era de una belleza sobrenatural. Ysandra se había adelantado y estaba con los otros integrantes del grupo, yo seguía muy cerca de Terri, escuchando las historias que él nos iba contando a lo largo del camino. El paisaje había dejado de ser la sabana amplia que nos recibió al principio, para cerrarse un poco en el bosque que precede a la base, enseguida comenzamos a ascender por escalones naturales, el tepuy Roraima me invitaba a seguir sus sinuosas formas y me permitía adentrarme en sus misterios. A mitad de camino cayó la noche y decidimos acampar, Ysandra y yo compartimos una carpa y tomamos un delicioso chocolate caliente que nos preparó nuestro amigo Terri. Desde su rincón un poco alejado Celso observaba a los diferentes integrantes del grupo, se daba cuenta por la actitud de cada uno lo que esperaban de aquella aventura, algunos bromeaban y contaban chistes, otros se entretenían tratando de identificar las estrellas, hacia ellos dirigió su atención, eran cinco, tres hombres y dos mujeres, una de ellas era la que había resbalado en el río aquella tarde, él mismo la ayudó a levantarse y en ese momento leyó en su mirada la pasión por la montaña, era una de esas personas escogidas por los dioses para revelarle los misterios que el Roraima guarda en sus entrañas, sintió un escalofrío, era casi una niña. Decidió observarla con cautela, de alguna forma quienes no sentían esa pasión estaban más seguros. Solo debían protegerse de los peligros del camino, los otros… debían abrirse al universo para absorber los designios que el chamán de la montaña guardaba para ellos.
Erika era una chica decidida, en una ocasión mientras observaba el titilar de las estrellas, bajó la vista y miró a Celso. Su mirada era un mar de preguntas, un desierto de incógnitas. Parecía saber que él tenía las respuestas porque se levantó y se dirigió directamente donde él estaba. Lo miró y se sentó a su lado en silencio, alternativamente veía al cielo y el infinito de la montaña, sentía que estaba sobre su piel pero quería llegar a su corazón. Ella sentía que Celso sabía cómo alcanzarlo y su silencio le confirmó el tesoro profundo que estaba por descubrir. Percibió una transferencia de energía donde no hacían falta palabras solo la conexión del pensamiento, el milagro del silencio en el Roraima. Serena y en paz se alejó con una sonrisa y un inmenso cansancio la invadió. Poco a poco las voces fueron menguando y el frío apoderándose de los huesos, las linternas fueron dando paso a las luciérnagas que dibujaban en la oscuridad siluetas de bostezo y el sueño se fue adueñando de todos. Celso caminó hacia la profundidad de la noche, el aire helado purificaba su mente, habló con su padre y el viejo Morok le dio su bendición.
Agotadas y felices dormimos hasta el amanecer. Cuando me asomé fuera de nuestra improvisada casa, pude presenciar las formas de la naturaleza en su estado más puro, y escuchar el sonido de los saltos a lo lejos, las aves dándonos los buenos días con sus trinos alegres, y el cielo estaba tan cerca… pensé que no había nada que se pudiera comparar a ese momento tan especial.
Después de desayunar emprendimos la última parte del ascenso, todos deseábamos alcanzar la cima y no queríamos perder tiempo, en esta etapa los guías nos hablaron de sus Dioses, y de las leyendas de la montaña, nos pidieron que al llegar no hiciéramos mucho ruido, sabían que la emoción nos impulsaría a gritar de alegría, pero debíamos ser prudentes pues si molestábamos a la montaña, esta se cubriría de nubes y llovería haciendo que nos perdiéramos el esplendor de su luz.
El momento de alcanzar la cumbre del Roraima fue muy especial, estábamos todos empapados de rocío y humedad, nos abrazamos y observábamos aquel paisaje como si se tratara de otro mundo, la primera impresión fue como si estuviera en la luna, había cráteres redondos a mí alrededor y paisajes totalmente diferentes a lo que pensaba podía encontrar.
Descubrimos el Valle de los Cristales, el suelo que pisábamos era de piedritas de cuarzo que resplandecían con la luz, había piscinas naturales con el fondo de la misma piedra donde nos bañamos a pesar del frío intenso del agua, pero no podíamos perdernos de la magia de aquel lugar. Pasamos todo el día descubriendo las maravillas que el universo dejo sobre mi tierra hace más de dos mil millones de años. Caminamos mucho ese día, observando las rocas de formas caprichosas. Ysandra se dedicaba a inspeccionar las plantas extrañas que surgían a cada paso y llegamos a ver algunas muy curiosas e interesantes eran flores carnívoras y se alimentan de insectos. Observamos como en la cima se había creado un ecosistema propio con flores únicas del lugar, además de gran variedad de orquídeas. Caminamos un poco más y llegamos a una formación de rocas que era igual a una ventana desde donde se podía ver el abismo, hacía mucha brisa y comenzó a llover así que emprendimos el regreso al campamento. La lluvia cada vez era más intensa y el cielo se abría en dos cada vez que los rayos se dibujaban en él, hasta la tormenta era hermosa en aquel lugar lleno de magia, la vegetación recibía cada gota con su alegre verdor. Lentamente ya que no nos importaba mojarnos seguíamos admirando cada rincón como un nuevo descubrimiento de la naturaleza.
Casi finalizando el día, pleno de intensas emociones Terri llamó al grupo, para compartir experiencias e impresiones antes de ir a descansar. Había preparado un reconfortante cena para recuperar fuerzas, ya que a la mañana siguiente estaba pautado el inicio del descenso. Todos se sentaron en círculo menos Ysandra que caminaba inquieta de un lado al otro, Celso presintió que algo sucedía y acudió a su lado.
-¿Qué pasa? ¿Dónde está tu amiga?
-No lo sé- respondió Ysandra con lágrimas en los ojos.-La perdí de vista hace más de una hora cuando volvíamos bajo la tormenta, habíamos caminado mucho y yo me detuve a fotografiar unas flores, cuando me di cuenta ya no estaba, supuse que se había adelantado y seguí con el grupo hasta el campamento, al llegar aquí tampoco la encontré.
Celso se dirigió al grupo que los observaba con evidentes signos de preocupación, temían que a Erika le hubiese sucedido algo, los tranquilizó diciendo que no podía estar muy lejos.
-Terri, enciende todas las lámparas de gas y las linternas, si está cerca con la luz podrá ubicarnos.
Terri, miraba profundamente a Celso, entre ellos se percibía un entendimiento tácito, y procedió a seguir las instrucciones de su amigo.
En los rostros de los compañeros se dibujó el terror y la preocupación de saber que Erika se encontraba sola y perdida en aquella inmensidad oscura y desconocida.
Pienso que hice mal en separarme de Ysandra, solo bastaron unos minutos para perdernos de vista. La batería en mi linterna no durará mucho y debo mantener la calma, nada malo ha de sucederme en este lugar y mis compañeros no pueden estar muy lejos, temo perderme si sigo la dirección equivocada, mejor espero, a esta hora ya me deben estar buscando. No siento temor aunque si inquietud por los demás que estarán preocupados por mí.
Me senté en una roca plana que estaba debajo de otra que servía de techo, ya no llovía pero el frío comenzaba a entumecer mis extremidades, me acerqué un poco más a aquel alero, la oscuridad me impedía ver más allá de mis pasos pero presentía algo profundo frente a mí. Encendí apenas unos segundos la linterna y pude ver que aquella formación tenia aspecto de cueva, no había reparado en ella a la luz del día, di unos pasos más para guarecerme del frío, pensé que era más sensato protegerme y esperar a la luz del día para reencontrarme con mis compañeros. Solo unos pasos en su interior y ya se sentía la calidez del lugar, el aire helado ya no cortaba mi piel. Me acomodé cerca de la pared de piedra y cerré los ojos para intentar descansar, me sentía irresponsable y desconsiderada con mis compañeros de viaje, tendría que disculparme, seguramente estaban pasando un mal rato por mi culpa. Lamentablemente no había nada que hacer, solo esperar e intentar descansar.
No sé si me quede dormida un momento o simplemente era el estado de relajación que me embargaba en medio de la inmensa paz, pero de pronto me pareció ver entre las sombras un rápido movimiento, imposible me dije y de nuevo la misma sensación, no podía ser un ave ya que el movimiento era del todo silencioso solo como una especie de sensación o presencia.
Extendí la mano y no toque absolutamente nada, ahora si me pareció escuchar una especie de murmullo. El corazón me latía desbocado, y yo me repetía que era absurdo temerle a la montaña, la sentía cercana a mí, nada malo podía sucederme allí.
¿Quién está ahí? Me atreví a preguntar, ¿alguien quería gastarme una broma? ¿Asustarme quizás? Otra vez el murmullo…
Respiré profundo y esta vez me pareció ver un reflejo, esto no podía estar sucediendo, el reflejo pasó y a los pocos segundos volvió a verse ahora más intenso, entonces escuche mi nombre, era Celso que se acercaba con una lámpara.
- !Aquí estoy! ¡En la cueva!
-Sabía que te encontraría aquí
- ¿Si? ¿Y por qué?
-Tu amiga Ysandra me describió el lugar donde te perdió de vista y supuse que era cerca de esta cueva, la conozco muy bien. ¿Vamos? Nos esperan en el campamento.
-Un momento Celso, ¿realmente conoces este lugar? Sentí cosas muy extrañas mientras esperaba que pasara la noche para poder volver con el grupo.
-¿Qué sucedió?
-Tal vez solo fue mi imaginación pero vi, o sentí la presencia de “algo” unas sombras que pasaban muy rápido frente a mí.
Celso suspiró y me indicó que volviera a sentarme sobre una piedra, justo en el rincón donde había pasado las tres últimas horas.
-Erika, cuando te ayudé ayer en el río, pude ver en tus ojos que tú realmente querías sentir la montaña, sabía que la montaña se haría sentir para ti, ella sola puede contarte lo que sabe porque a nadie más podrías creerle sus misterios. Yo lo miraba a Celso, o lo presentía en la oscuridad, entonces me tomó la mano y sentí que una gran energía lo inundaba todo, cualquier temor o sensación de peligro quedaba opacada aunque realmente nunca lo llegué a sentir.
-Esas sombras Erika, son los Amaikok, eres afortunada, casi nadie pude sentirlos, son pequeñas criaturas bondadosas e inquietas que cuidan la cueva, llevan millones de años cumpliendo su labor y solo en contadas ocasiones se manifiestan. Yo, solo pude sentirlos una vez cuando era niño, vine aquí con mi padre y curioso como tú, me deje llevar por la magia de la montaña y vine a parar a este lugar, sentí exactamente lo mismo que tú. Mi padre me contó que desde tiempos inmemoriales los Amaikok habitan en las cuevas de los tepuyes y el Roraima tiene profundas cuevas que se comunican y descienden a sus entrañas, a su esencia milenaria y pura, allí donde jamás nadie ha podido llegar, en ese lugar están ellos, pequeños y veloces, bondadoso e inofensivos. Solo pueden percibirlos las almas puras, yo lo sabía cuándo te vi.
Ahora solo puedes regresar siendo cómplice de los secretos de la montaña y cuando vuelvas, porque volverás, podrás entender con mirada de adulta lo que tu corazón de niña te permitió ver y sentir.
De nuevo un fuerte trueno se dejó sentir y la lluvia comenzó su juego alegre de mojar y nutrir cada centímetro de la montaña.
Se tomaron con fuerza de las manos y caminaron en silencio bajo la lluvia.
En el campamento seguían sentados en círculo, mojados y silenciosos cuando los vieron aparecer, la alegría de saber sana a Erika los llevo a aplaudir y formar un gran alboroto que para nada gustó a los indios, ellos sabían lo que Erika había sentido, y ella quería sentirse en paz para pensar y compartir con la tierra su experiencia.
Amaneció y seguía lloviendo yo sentía tristeza de tener que dejar aquel lugar tan mágico, pero a la vez quería contar a todos las maravillas que había tenido la suerte de poder conocer. Lentamente comenzamos a bajar con mucha precaución ya que el suelo hacía que las piedras se volvieran resbaladizas, debimos pasar por un salto de agua que debido a la lluvia había aumentado su caudal Lo llamaban el paso de las lágrimas, allí unos de los chicos del grupo se cayó y el resbalón hizo que se torciera un brazo, Terri le preguntó que llevaba en los bolsillos y apenado sacó piedras de cuarzo, el guía nos había prevenido varias veces, la montaña no perdona a quienes no la protegen. Le prestamos primeros auxilios y le inmovilizamos el miembro afectado, siguió el resto del camino con nosotras y Terri que seguía contándonos sus historias, la historia de la montaña y del chaman que la cuida, todo muy bonito, impresionante y emotivo. Cuando estábamos cerca del campamento base me sorprendió que nos dijera; que ya estábamos fuera de peligro y que el seguiría su camino, más tarde lo volveríamos a encontrar. ¡Nos estaba cuidando!
El camino que habíamos andado en dos días, debíamos desandarlo ahora en uno, así que cuando llegamos a los ríos ya era de noche y así debimos cruzarlos, en la penumbra. Una hora más de camino y llegaríamos al último campamento. En ese momento trate de repasar lo vivido esos últimos días, intenté respirar profundo y llenar mis pulmones con el aire de la sabana y grabar muy dentro de mi ese episodio que jamás olvidaría.
En el campamento nos esperaba parte del grupo, ya que cada uno iba a su propio ritmo, había un ambiente muy agradable, todos estaban felices, cantaban, improvisaban instrumentos musicales, y celebraban haber logrado alcanzar un reto para muchos, un sueño para otros.
Yo sabía que la montaña aún tenía mucho que contarme, ésta solo había sido mi primera vez.
Celso se sentía en paz consigo mismo y había cumplido con Morok, su padre muchas veces le dijo que algún día conocería un alma de la montaña y su misión sería hacérselo entender, estaba seguro que Erika era una de las elegidas.

Un golpe de altura



El traqueteo de la unidad que nos transportaba a los reos de la comisaría a la prisión me tenia el estomago revuelto. No sé por cuanto tiempo me tendrían detenido, el juicio podía tardar largo tiempo.
Pensaba en mi madre, sola y anciana, el disgusto la mataría, ¿o sería yo el que también tendría que pagar esa culpa si ella moría?
¿Mi hermana? ni contar con ella… estaría por ahí revolcándose con cualquiera y pariendo muchachos cada nueve meses, tampoco valía la pena ponerse a pensar tanto.
Melania, ella sí. Tan delicada y buena, yo la quería pero ella me miraba con lastima, eso de medir menos de metro y medio no le gusta para nada a las chamas, me miraban como a un hermanito menor, y ella era tan hermosa. Una vez fuimos juntos a la cancha a ver un partido, me sentía súper contento de tenerla solo para mí, eso si, soportando las bromas una tras otra y reprimiendo mis impulsos de hincharle un ojo a alguien.
Mi vieja siempre me decía, que mi estatura hacía que aumentara mi agresividad como un mecanismo de defensa, pero yo creo que a nadie le gusta que se metan con uno, y menos si es por una característica física que no podemos cambiar.
Una y otra vez me repetía que tuviera cuidado, que no les hiciera caso, que eso me iba a traer problemas, y mira… los problemas ya estaban aquí. Llegaron solos cuando menos me lo esperaba.
El domingo en la tarde había ido al cine con Melania. Me había duchado con especial esmero y hasta me eché agua de colonia de la que mi vieja guardaba de su último marido. Me puse la camisa de rayas, una vez alguien me dijo que como eran verticales me hacían parecer más alto. Vimos la película enterita, con propagandas y todo y al salir le compré un perro caliente porque tenía hambre, yo no comí nada, solo me gustaba contemplarla y complacerla.
Fue entonces cuando ya íbamos de regreso al barrio que al pasar por la esquina de su casa salió “El Estirao” así lo llamaban, era alto el carajo, no me podía ver porque empezaba con la guachafita, pero ese día no se metió conmigo, se burló de Melania por tenerme de amigo. Ahí si que no aguanté, en una de esas que se agacho para hacerme burla caminando encorvado, le lancé una derecha por el lado izquierdo de la cara, la verdad creo que no se lo esperaba, pues encorvado como estaba se tambaleó y cayó fulminado. Nos acercamos al ver que no se levantaba y enseguida me di cuenta, se había golpeado la cabeza con una piedra y parecía inconsciente. Mi preocupación era ella, la abracé apartándola de la escena y le dije que corriera a su casa a buscar ayuda. Llegaron enseguida, sus hermanos, el hermano de “El Estirao” y la policía, ya no hacia falta ambulancia, estaba tieso, muerto quiero decir y yo frito por el resto de mis días.
Una semana pasé en la comandancia, aguantando los comentarios de los policías que cubrían la guardia.
-Ya vas a ver gallito de pelea, cuando te lleven a “Cerro Negro” en esa cárcel te van a enseñar.
-Si, te van a bajar los humos a taparazos.
Yo nunca me había enfrentado a una situación igual, defenderme si, siempre me había tocado, pero no con malándros de ese calibre. Mis arrebatos de furia eran contra los compañeros de la Universidad o los vecinos del barrio, y sé que lo hacían para fastidiarme pero nunca nada como para agredir intencionalmente a alguien o causar un daño irreparable, eso fue un lamentable accidente, pero pasó y aquí estoy camino a la cárcel.
Iba sentado en el suelo de la patrulla, con la franela pegada al cuerpo sudado y maloliente, esposado y pegado a quince presos más que habían salido en el sorteo de Cerro Negro.
-Mira tú, chiquitico
-Me llamo Asdrúbal
-Asdrúbal? ¿Ese nombre tan grande te pusieron?
-¿Te escapaste de la escuela? Y risas, todos reían, hasta los otros detenidos parecían contentos con el paseo.
Sin previo aviso, la patrulla clavó los frenos y todos nos amontonamos en un rincón.
-Quietos, ya llegamos. Ni una palabra, solo cuando el jefe les pregunte.
Nos bajaron del vehiculo casi a empujones, protegiéndonos la cabeza del techo, por aquello de los derechos humanos, y a empujones nos condujeron hasta un salón donde nos hicieron quitar toda la ropa, debíamos depositarla en unas bolsas negras, nos ducharon con una manguera de presión, a mi lado había un tipo inmenso que me miraba, yo por dentro me iba llenando de ira, preparándome para saltar en cualquier momento, no podía permitir que se burlaran de mi la primera vez, si lo hacían, ya no podría detenerlos. Me pareció percibir entre ellos un lenguaje de señas y cada vez los veía más cerca, no tenía mas armas que esa fuerza que la rabia me imprimía.
En ese momento entraron varios guardias y la presión disminuyó. Nos entregaron los uniformes desteñidos y burdos, por supuesto el mío era muy grande, aunque cínicamente sonreí al ver las rayas verticales.
Las celdas eran inmundas, un rectángulo de cuatro metros por tres donde hacinaban a cuatro reos en cada una, en dos literas arrimadas a la pared. A la derecha el retrete y un lavamanos, todo estaba asqueroso y sucio. Me tocó compartir la estancia con Genaro, Bonifacio y Clemente. Cuando entré, y me presentaron como Asdrúbal, apenas levantaron la vista de una revista que los tres compartían en medio de risas y comentarios obscenos, pero al poco rato comenzaron a examinarme con la mirada, se reían de mis pantalones arremangados y de mi tamaño, pero eso ya sabía que pasaría así que simplemente los ignoré, tenia que encontrar la forma de ganarme el respeto en ese lugar a costa de lo que fuera.
Clemente dormía en la cama de abajo, bueno… si a eso podía llamársele cama, la mía, la de arriba no tenía colchón, ese era un privilegio que tendría que ganarme, pero las reglas aun no estaban claras para mi, unos cartones nauseabundos cubrían las estrechas planchas de concreto adosadas a la pared. Temía caer sobre Clemente un chamo de casi dos metros y muchos kilos, que parecía sobresalir por los cuatro lados de su colchón, porque a él si le había tocado uno. Poco a poco fui aprendiendo detalles que me hacían ganar o perder puntos entre los demás reclusos, y una de las cosas que tenia que lograr, era ganar una pelea dentro del recinto con otro de los presos para ser merecedor de un buen cargo allí dentro, la verdad la pelea la tenia fácil, no faltaban provocaciones a diario, pero tenía que ingeniármelas para ser el vencedor, si no caería dentro del grupo de los “ninguneados” y para eso era preferible morir.
Habían pasado tres meses, más o menos me defendía y trataba de estar bien con los líderes, había toda una organización jerárquica dentro de los presos que hasta los guardias sabían respetar, uno de los más importantes, posiblemente por su fortaleza física era Clemente, yo había notado que en algunas ocasiones había hecho intentos de facilitarme las cosas cuando se complicaban mucho, me sentía observado por él en cada situación y eso me alteraba un poco, pero lo iba manejando con cautela. Yo tenía lo que a el le faltaba, y muchas veces se lo di a entender, Recordaba las palabras de mi madre, reprimía mis impulsos y ponía a funcionar la mente, esa sería mi defensa.
Se había presentado poco días antes, una situación grave cuando llegó un lote de nuevos reclusos, trasladados de una cárcel de alta seguridad, venían con sus propias mañas y pretendían llegar mandando. Los de Cerro Negro nos pusimos en guardia y Clemente me dijo que me quedara junto a él, esas palabras ya eran un gran logro, estaba siendo aceptado por el clan-clem y debía sentirme orgulloso y agradecido.
Era día de visita, jamás nadie me había visitado hasta ese día, mi hermana con su gran panza, venia a avisarme la muerte de mi madre, eso me desgarró por dentro, no pude despedirme de mi vieja, ahora estaba completamente solo, ya no importaba nada, Melania nunca se acercó a verme, ahora simplemente trataría de pasar la vida con lo que ésta me ofreciera cada día, no tenia esperanzas a corto plazo, una fuerza inexplicable, una carga de odio, ira y desesperanza se apoderó de mi, me cubrió con una coraza más dura y me lancé al duelo sin ningún reparo.
Clemente había preparado una emboscada para los nuevos, quería que desde el primer momento, supieran que allí el líder era él. Juntos ultimamos los detalles y esperamos el momento oportuno, después del receso de la tarde, cuando entráramos al comedor, yo debía interponerme en la fila de uno de los nuevos, los demás estarían allí para defenderme y se armaría la gran trifulca.
Al comenzar a formarse la fila, me interpuse entre dos de aquellos recién llegados, mi miraron retadores y agresivos, yo debí esperar a que ellos se manifestaran, pero en ese momento sentí el deseo de vengar todas las culpas que llevaba dentro, las rabias contenidas y el deseo de agredir por gusto, porque me daba la gana y no me importaba nada.
Primero lancé un golpe a la boca de estómago del que tenia detrás de mi, liberando toda la furia contenida, como estaba desprevenido se doblo del dolor y la falta de aire, alcance a ver a Clemente que me miraba con reproche y rabia por la alteración en los planes, la furia me cegó y seguí golpeando sin ver contra quien lo hacía, yo también recibía una tormenta de golpes imparables pero seguía atacando furibundo. El recinto se convirtió en una batalla campal, las bandejas y los alimentos volaban y se estrellaban sobre los cuerpos tendidos en el suelo. Se me dificultaba ver, la sangre resbalaba por mis ojos, un ruido sordo en medio de un gran resplandor inundaba mi cerebro, sentía mi propio vomito ahogándome y no me podía mover, cada hueso era un dolor inmenso. Apenas podía distinguir los rostros que me miraban de pie, a mí alrededor, casi todos reían a carcajadas, estaba sobre un charco, mi propia sangre y desechos me cubrían pegajosos, el olor a muerte me envolvía y la deseaba como nunca. Lo último que logro recordar es la bota de Clemente justo sobre mi cabeza, descendiendo cada milímetro hasta impactar.

viernes, 15 de julio de 2011

La cabina del Regina


          Papá, hoy he dicho en el cole que tú trabajas en el cine y que ves a los actores, pero no me creyeron.
              —Fernando, hago más que eso, sube y te enseñaré.
          Me adentré por primera vez en ese mundo secreto de la cabina de proyección, hace muchos años, pero su recuerdo continuaba nítido, imborrable.
            —Hijo, en esas latas del rincón vienen los rollos de la película. Yo la examino, acariciándola, para saber como ha llegado, mimándola. Piensa que en una de ellas está la bofetada de “Gilda” o el camarote de los hermanos Marx. Si es necesario la reparo, la corto y la empalmo con acetona. Cuando está arreglada, la coloco, la enhebro en el proyector, encajo suavemente la cinta en los rodillos, encuadro el celuloide y enfoco. Después, despacio, regulo una vez más la distancia entre los carbones, para obtener la mejor temperatura y la luminosidad idónea, para que los espectadores que vengan puedan apreciar cada mirada sensual, cada gesto sospechoso, que sus pupilas reciban la misma luz que eligió el director para el rodaje de cada escena. En mis manos está, que sigan amando este universo donde todo es posible.


    Carlos Valdés Cervantes

martes, 5 de julio de 2011

LA MOCHILA













El estridente sonido del timbre le confirmó, una vez más, que aquella casa no era el mejor lugar para trabajar. Tessa era traductora en una prestigiosa editorial, y la naturaleza de su trabajo le permitía realizarlo desde casa, sin necesidad de acudir a un despacho. Pero desde que se mudó a vivir con David, su actual pareja, su rutina se había visto alterada notablemente. Rara era la jornada en que no llamaba a su puerta algún vecino ofreciendo o solicitando cualquier cosa.
Esa tarde no iba a ser una excepción. Cerró el diccionario con un golpe brusco, apartó el portátil que descansaba sobre sus rodillas y se levantó del sofá para abrir la puerta. Al ver a su vecina, acompañada por su hija de doce años, las saludó con una sonrisa. Se resignó a dar por concluido su trabajo del día.
- ¿Estás ocupada, Tessa? –preguntó Alicia.
- No – mintió – Estaba ya acabando por hoy. Pasad –hizo un guiño a la niña- ¿Cómo ha ido tu excursión del colegio, Violeta?
- ¡Mal! Un hombre me ha robado la mochila – contestó la niña enfadada.
- Déjalo ya, Violeta -interrumpió la madre-. Te he dicho que el sábado iremos a comprarte una mochila nueva. No le des más vueltas.
- Pero es que ese hombre…
- ¡Déjalo, te he dicho!
Violeta entró en el apartamento y se sentó en el sofá claramente enfurruñada. Las dos mujeres fueron hasta la cocina, donde Tessa comenzó a preparar café y un chocolate caliente.
- Tessa, ¿puedo descargar las fotos de la excursión en tu portátil? Es que así se verán mejor que en la cámara –preguntó Violeta a gritos desde la sala.
- Si, pero antes guarda todos los documentos que estén abiertos.
Tessa le preguntó por el robo de la mochila, Alicia le explicó que al regresar de la excursión, ya en la puerta del colegio, un hombre aprovechó la algarabía que se formó para acercarse hasta Violeta. Sin mediar palabra le arrancó de un tirón la mochila, que aún no se había colgado a la espalda y echó a correr hasta su coche. Una vez dentro arrancó y se perdió de vista antes de que ningún adulto se diera cuenta de lo que acababa de suceder.
- ¡Que cosa tan rara! – comentó Tessa - ¿Llevaba algo de valor en la mochila?
- ¡Qué va! Era una excursión para pasar el día, así que lo único que llevaba era una camiseta de algodón, por si necesitaba cambiarse, una botella de agua y los restos de los bocadillos que le puse esta mañana.
En ese momento asomó Violeta por la puerta de la cocina.
- Me aburro. ¿Vais a venir a ver las fotos o qué?
- Ya vamos, pesada – le contestó su madre, ofreciéndole la taza de chocolate que le habían preparado. Tessa las siguió con los cafés.
- Qué suerte que no te robará la cámara de fotos también. ¿No la llevabas en la mochila?
- No. Justo antes de bajar del autobús, una amiga me la pidió porque quería borrar algunas fotos suyas. Siempre dice que sale mal, pero no es verdad. Lo que pasa es que le gusta hacerse la interesante.
Comenzaron a mirar las fotos de la excursión: Violeta en la puerta del colegio; Violeta y sus amigas sacando la lengua; Violeta y las mismas amigas dentro del autobús; Violeta…., Violeta….., Violeta….. Lo único que cambiaba de una foto a otra era el número de amigas que la acompañaban o el hecho de llevar puestas o no las gafas de sol. Por fin aparecieron las primeras fotos de Mérida. Aunque Violeta continuaba siendo el objeto central, al menos en estas se podían apreciar algunos de los lugares visitados: El impresionante teatro romano; el arco de Trajano; el templo de Diana; el anfiteatro…El despliegue de fotografías continuaba. Tessa estaba asombraba por la enorme cantidad de fotos realizadas. Violeta soltó un grito, señalando la figura de un hombre que aparecía en el fondo de una de ellas.
- Es él. Es el hombre que me quitó la mochila.
Tessa y Alicia se acercaron a la pantalla para ver mejor su cara. Era un hombre de mediana edad, con algunas canas que le conferían un aspecto interesante. Llevaba un chándal oscuro, y por algún motivo que Tessa no supo explicar, tuvo la sensación que esa era una manera de vestir que no iba con él. Miraba directamente a la cámara y su expresión era de sorpresa y disgusto.
- No puede ser el mismo hombre –dijo Alicia, alejándose de la pantalla del ordenador – No creo que nadie recorra los 400 km que hay desde Mérida hasta Madrid para robarle la mochila a una niña.
- Te digo que es él. Le vi muy bien cuando se acercó a preguntarme de dónde era.
- ¿Hablaste con él? –preguntó Alicia, alarmada– Eso no me lo habías dicho.
- Si es que no me dejas hablar – se quejó la niña – Siempre me dices que me calle.
Tessa le indicó por señas a Alicia que se calmara y le hizo algunas preguntas a Violeta para aclarar la historia. Les contó que ese mismo hombre se había acercado para hablar con ella mientras visitaban el embalse de Cornalvo, que se encuentra en un parque natural a las afueras de Mérida. Él le preguntó de donde era, pero antes de que pudiera contestarle, se acercó una de las profesoras y el hombre se marchó rápidamente. Violeta no volvió a verlo hasta que la sorprendió en la puerta del autobús y le quitó la mochila. Las dos mujeres se miraron con preocupación.
- Debes denunciarlo a la policía – le sugirió Tessa.
- ¿Sí? ¿Quieres que ponga una denuncia porque un desconocido ha robado una mochila escolar con una camiseta y una botella de agua dentro? ¡Vamos, Tessa! Sé realista. No se tomarán la molestia de escucharme siquiera – su voz intentaba sonar segura, pero una nota de preocupación se percibía en ella.
Finalmente se marcharon, pero Tessa no pudo dejar de pensar en la extraña historia. Cuando llegó David a casa seguía dándole vueltas.
- ¿Sabes que a Violeta le han robado la mochila en cuanto se bajó del autobús?
- También es mala suerte. Pobre.
- Pero lo chocante es que asegura que fue el mismo hombre que se acercó para hablar con ella en Mérida.
- ¿Y fue entonces cuando se la quitó?
- No. Eso es lo curioso. Siguió al autobús hasta aquí para hacerse con esa mochila.
- Eso es una tontería. Debe haberse equivocado.
- Es lo que pensamos, pero dice estar segura de que era el mismo. Incluso nos mostró una foto en la que aparecía.
- Seguro que se confunde. Quizás el que le robó la mochila se le parecía al de Mérida y por eso cree que es el mismo.
Esta explicación disipó un poco los temores de Tessa, que acabó olvidando el incidente.



Dos días más tarde después de comer, Tessa se arrellanó en el sofá dispuesta a darle el último empujón al libro en el que estaba trabajando. Apenas llevaba traducidas unas pocas páginas. Unos extraños sonidos que provenían del piso de Alicia la alertaron. Sorprendida se levantó del sofá y se acercó hasta la pared que separaba las dos viviendas. Pegó la oreja y escuchó. Alguien estaba allí dentro. Tessa distinguió con claridad el abrir y cerrar de puertas y cajones. Sabía que a aquellas horas Alicia estaba en el trabajo y Violeta en el colegio. ¿Quién estaba, pues, removiendo por la casa? Sin pararse a pensar en las consecuencias, salió de su casa y llamó al timbre de su vecina. Esperó unos minutos, pero nadie abrió la puerta. Aquello le resultó extraño. De pronto, tuvo la certeza de que la observaban a través de la mirilla y sintió un escalofrío. Entró en su casa y cerró la puerta con una doble vuelta de llave, algo que jamás había hecho hasta entonces.
Buscó su móvil y llamó a Alicia para contarle lo que pasaba.
- Salgo en seguida. Estaré ahí en unos minutos –Notó preocupación en la voz de Alicia.
Cuando llegó, las dos mujeres intentaron tranquilizarse mutuamente antes de entrar en la casa. Alicia abrió la puerta con cautela y se adentró seguida por Tessa. Se asomaron a la sala, que parecía estar como siempre. En la cocina tampoco vieron nada extraño. Avanzaron por el pasillo. Alicia se asomaba con precaución a su habitación, Tessa abrió la puerta del dormitorio de Violeta.
- ¡Alicia! – la llamó - O tu hija es un auténtico desastre o alguien ha estado rebuscando entre sus cosas.
Alicia se acercó hasta allí. Lanzó una exclamación de sorpresa. La habitación era un auténtico caos. Los cajones estaban fuera del sitio y su contenido desperdigado por el suelo; las puertas de los armarios abiertas y montones de ropa tiradas de cualquier manera; la cama deshecha y con el colchón apoyado contra la pared. Se miraron sorprendidas y Alicia salió disparada hacia su habitación.
- Mi collar de perlas y el anillo de brillantes.
Tessa la siguió, sintiendo cómo su corazón se aceleraba al ver confirmadas sus sospechas. Al entrar en la habitación, Alicia le mostró el collar y el anillo con cara de alivio.
- Si no eran ladrones ¿Qué estaban buscando? – preguntó Tessa, extrañada al ver que aquellas joyas de valor seguían intactas.
Cuando llegó la policía, también se mostraron sorprendidos al oír que lo único que Alicia echaba en falta era el disco duro de su ordenador. Quien quiera que fuera el que estuvo en la casa no era un vulgar ladrón. Se limitó a revolver la habitación de la niña y a llevarse medio ordenador, porque la pantalla la dejó donde estaba.
Antes de que se marcharan, Tessa convenció a una reticente Alicia, para que les contara la historia de la mochila de Violeta, pero los agentes rechazaron de inmediato que hubiera una conexión entre ambos sucesos. Tessa no quedó convencida con sus argumentos y siguió pensando que aquellos dos incidentes estaban relacionados de alguna manera, aunque de momento ese vínculo se le escapaba.
Al día siguiente, Tessa y David disfrutaban de un desayuno sin prisas, ojeando la prensa, cuando de repente Tessa lanzó una exclamación:
- ¡Escucha esto David!: “Encontrado el cuerpo de una mujer en las cercanías del embalse de Cornalvo, en Mérida”.
- Vaya, que triste. Pobre mujer – le contestó distraídamente y sin dejar de leer el periódico.
- ¿No lo entiendes? Es el mismo embalse en el que estuvo Violeta y donde se le acercó ese hombre.
- Vamos Tessa, ¿Qué insinúas? ¿Qué el hombre que se acercó a hablar con Violeta tiene algo que ver con esto? Menuda imaginación.
- ¡David! ¿No te resulta extraño que un desconocido se acerque a una niña, que está rodeada de compañeras y profesores; que luego la siga durante 400 Km hasta Madrid para robarle la mochila; que al día siguiente, alguien entre en casa de la misma niña y revuelva únicamente la habitación de ella; y que, justo unos días más tarde, aparezca el cadáver de una mujer en el mismo lugar donde comenzó todo? – Tessa se había ido alterando según enumeraba los hechos que para ella estaban, sin lugar a dudas, relacionados.
- ¡Por Dios! Tessa, estás sacando las cosas de quicio. No hay ninguna relación entre el cadáver de esa pobre mujer y lo que le ocurrió a Violeta. El hombre que se le acercó en el embalse, probablemente lo hizo porque le recordó a otra niña. Y el que le robó la mochila debía ser algún jovenzuelo, que aprovechó el jaleo para dar un tirón. Para Violeta, cualquiera que tenga más de dieciocho años es un “hombre mayor”. La niña confundió a los dos, y eso es todo el misterio.
- ¿Y cómo explicas el robo en casa de Alicia? ¿También es una coincidencia? Te digo que aquí ocurre algo mucho más grave de lo que parece y Violeta está en el centro de todo ello. Yo voy a hacer todo lo posible por averiguar de qué se trata.
Se levantó irritada con la actitud de David y se sentó frente al ordenador. Comenzó a buscar información por internet, cada vez más convencida de que aquello no era una simple coincidencia. Solo abandonó el ordenador para acercarse con David a comer cualquier cosa en una tasca cercana. Al regreso, mientras David se tumbaba en el sofá para hacer una siesta, ella volvió a buscar más información sobre la mujer del embalse en los periódicos digitales. En una edición más reciente leyó que ya había sido identificada y localizado al esposo de esta, quien se encontraba en un viaje de negocios en Lisboa. El marido regresó de inmediato a Madrid y se mostró desolado al comprobar que, efectivamente, se trataba de su esposa. Declaró que la última vez que la vio fue tres días atrás, antes de coger un avión para asistir en Lisboa a una feria comercial, y que había permanecido allí trabajando hasta que recibió la terrible llamada de la policía. Tessa siguió leyendo más artículos relacionados con el caso. Cuando en uno de ellos, vio una fotografía del desolado marido saliendo del anatómico forense, sintió que un rayo de luz la iluminaba, revelándole toda la verdad de lo ocurrido. Lanzó una exclamación:
- ¡Está claro! Ha sido él. ¡David! Escúchame.
David se despertó sobresaltado. Se incorporó en el sofá y se quedó mirándola sin acabar de entender de qué estaba hablando.
- Sé quién mató a esa mujer del embalse. Y sé porqué robó la mochila de Violeta y luego entró en su casa. Ha sido su marido. Estoy segura, y además tenemos pruebas de ello – estaba eufórica y satisfecha por haber resuelto aquél misterio. Antes de explicarle a David su razonamiento llamó a Alicia y, una vez tuvo la plena atención de ambos, les explicó como encajaban todas las piezas en aquél puzzle.
- El marido se va de viaje y a su llegada se asegura de ser visto por mucha gente. Se registra en el hotel, va a la feria, saluda a varios conocidos y pasa el día rodeado de gente que le servirán de coartada. Se retira pronto a dormir y entonces sale del hotel sin ser visto, alquila un coche y conduce hasta llegar a Mérida. Allí se encuentra con su mujer, con la que ha quedado utilizando cualquier excusa. La mata y lanza el cuerpo al embalse, pero para su sorpresa, al regresar al coche para marcharse descubre que acaba de llegar un autobús escolar y que una niña está tomado fotos sin parar. Cree que puede aparecer él en alguna y siente miedo, puesto que esas imágenes podrían desmontar su coartada. En ese momento decide acercarse hasta la niña para robarle la cámara, pero la llegada de una profesora le obliga a marcharse, ya que no desea que se fijen en él y puedan recordarle más tarde. Sigue al autobús, con la esperanza de poder hacerse con la cámara en cuanto la niña baje de él y aprovecha la confusión para robar la mochila, esperando encontrar allí la cámara. Pero descubre que no está allí y el pánico le hace ser más arriesgado. Decide buscar la maldita cámara en casa de la niña, aprovechando que su nombre y su dirección están escritos en la mochila. Y ya sabemos lo fácil que es abrir estas puertas con un plástico duro si no está rodada la llave. Ya en casa rebusca por todas partes, sin saber que Violeta ha olvidado la cámara en nuestra casa. Así que se lleva el disco duro, por si ella hubiese descargado las fotos en el ordenador. Además debe regresar cuanto antes a Lisboa para mantener en pie su coartada. La policía debe encontrarle allí
cuando descubran el cadáver de su mujer. La versión sobre su estancia en Lisboa será fácilmente rebatida tan pronto vean las fotos tomadas por Violeta en las que aparece él cerca del lugar del asesinato. Por qué como afirmó Violeta, el hombre que sale en esas fotos es el mismo hombre que aparece en el periódico.
David se levantó del sofá y, sin hacer ningún comentario, marcó el teléfono de la policía.

jueves, 2 de junio de 2011

El Planeta Octubre (I)

Subieron a ese tren, cabeza de dragón, cola de serpiente. Reían, y ese AVE de ferias daba otra vuelta, y sonaban carcajadas, el ferrocarril de la alegría aceleraba y la mujer gritaba, el pequeño la imitaba, la miraba y la adoraba al mismo tiempo. Yo lo veía. Otra vuelta, más felicidad, más gritos y más velocidad, para llegar siempre al mismo punto. Ignoraban el destino, disfrutaban, abrazados, del camino, sin querer llegar a la meta, sin importar adonde les llevara ese  círculo vicioso lleno de amor. Destellos, millones de destellos de sensaciones que me salpicaban y me empapaban de vida... Te amé más, y más lo adoré a él.
 El chiquitín miraba sin entender tanto giro, pero quizás, calado por la lluvia de sentimientos, sonreía, sus ojos irradiaban amor. Se palpaba la unión, el halo de fuerza que se formaba entre los cuatro. Pero sentí que faltaba una punta del dibujo, y lo invoque. En la distancia “pensé fuerte” en él, y su esencia vino a mí, ahora si estaba todo, estrellas de colores que el ojo humano no distingue iluminaron el entorno, y nos visitaron sus primeros pasos, los primeros pasos de los tres, y nuestro primer beso en Hollywood. Sus primeros dientes, sus primeras risas. Y también nuestras miles de carcajadas, y nuestras lágrimas y las de ellos, pero no eran tristes, eran lágrimas pasadas que con el tiempo se volvieron felices. Y sus cumples y sus fiestas. Nuestro primer hotel en Lagos se reflejó en el sol, nuestra primera noche se revivió en la Luna que ya se asomaba desafiando al astro rey. Tampoco se quisieron perder el maravilloso espectáculo los “rebampagos” de Jesús, ni los “saquetines” de Manu, hasta los “baala” de Nico vinieron corriendo. Tu primer “te amo”, ese que de sentido, me desgarró el corazón.
El Pentágono perfecto, girando sobre sí mismo, subiendo y subiendo hacia el futuro azul, celeste, como sólo es el cielo de mi Sevilla, desprendiendo, a su paso, el espíritu de Eolo. Buenos Aires te trajeron a mí y ahora me lo recordaban con los olores del tomillo de nuestra casa. También expandía tu dulce olor a miel y el singular aroma de cada uno de los tres.
Y sentí. ¡Y de que manera! ¡Sentí!
El movimiento fue cesando, mi sentir se fue adormeciendo y llego la paz.
La paz y la revelación,  el vértice más feliz en ese viaje del tren del dragón, fui yo.
Mica, Jesús, Manu, Nico, sin vosotros sería un ángulo triste y perdido. Os amo
Para ti Micaela, te lo debía.
Carlos Valdés Cervantes.

viernes, 20 de mayo de 2011

La pluma
Una vez más vio en su hijo, “el chico”, esa carita mezcla de incomprensión y desilusión. Pero él tenía la certeza de que no se equivocaba. Pensaba que no existía mejor regalo para un niño, aunque ese pequeño, aún, no lo supiera.

No existía nada más bello que esa pila de pliegos, cosidos entre sí, recubiertos por un trozo de cartón forrado a su vez de cuero o alguna materia semejante. Ese presente no era más que un libro para ese pequeño, que siempre esperaba algún juguete o un balón. Pero Manuel no cesó en su empeño, cada dos o tres meses aparecía con otro ejemplar, que se convertía junto a los demás en un contenedor de polvo que, eso sí, protegería la librería de los ácaros.
Manuel se pasó toda su vida trabajando, ni más ni menos que sus congéneres. Le tocó vivir la dura etapa de la postguerra y tuvo que emigrar al extranjero. Tenía dos trabajos, por la mañana ejercía de oficial impresor, de ahí su afición a cualquier papel impreso, y por la tarde se trasladaba al séptimo arte, y proyectaba películas en su empleo de jefe de la cabina del mejor cine de Tánger. No tenía mucho tiempo para dedicarle a sus hijos, quizás por eso al volver a España y conseguir un sólo trabajo bien remunerado en un buen cine, decidió junto a su mujer tener otro vástago, al que llamó Salvador, catorce años después del último.

Tener más tiempo, o quizás tener muchos más años, le encaminaron a dedicarle al pequeño las horas que no pudo regalarle a sus hermanos.

El chico” fue creciendo y un día de lluvia ante la imposibilidad de salir a la calle a jugar y sin saber que estaba siendo observado por su padre, sacó un libro de la estantería. Era un tocho, en la portada había un señor mirando el fondo del mar a través de un cristal. Lo abrió y cuando vio esa infinidad de letras pequeñitas y juntitas se dispuso a cerrarlo de nuevo, pero se quedó inmóvil recordando las palabras que su padre le dijo.

Abre un libro empieza a leerlo y si consigues terminarlo no pasará ni un día en tu vida, en el que no sientas la necesidad de leer.

20.000 leguas de viaje submarino” fue el primero, le siguieron Tom Sawyer, el Principito y cientos de títulos más.

Un día Manuel llegó a casa con un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, se lo entregó a su hijo, que rápidamente lo rasgó, dejando ver un estuche negro. Al abrir la cajita apareció, negra y brillante, una pluma estilográfica, levantó la mirada ilusionada e interrogante hacia su padre y este le dijo.

¿Te gustan los libros?

¡Sí!exclamó Salvador

Pues escribe uno.

Ese día pasó y muchos más, Manuel se marchó a un lugar mejor, “el chico” siguió creciendo, caminando por lo senderos coloreados de esta vida, a veces grisáceos, y otras, rosados. Y un día decidió... Perdón no me he presentado, y esto no está bien, pero tiene arreglo.

Me llamo Salvador Collantes, soy escritor y este que aquí os narro es el prólogo de mi tercera novela, la que le debo a mi padre. Cada vez que me acuerdo de él, y eso pasa todos los días, cierro los ojos y veo mi manita agarrando esa pluma, deslizádose suavemente sobre el trozo de papel, transcribiendo las palabras de Verne. Ese fue el primer proyecto que me encargó el viejo y aún hoy cuando me bloqueo lo vuelvo a hacer.

Gracias por enseñarme este infinito universo dónde TODO es posible.



Carlos Valdés Cervantes.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La conversación

Las nueve y cuarto de la noche de un viernes más. Un timbre como tantos suena en la ciudad. Mientras se aguarda una respuesta una llave abre, otra vez, una puerta de vidrio. Un metálico “¿quién es?” se escucha por ahí y unos borsegos apresuran su paso. La meta: una puerta que se cierra en cámara lenta. Una vez más un hombre abre una puerta para dejar pasar a una mujer. Y otra vez más, dos desconocidos emprenden un viaje juntos.
¿A que piso? Se pregunta él mientras sus dedos acarician el décimo pulsador de una desgastada botonera. El noveno control es el siguiente en ser presionado por ella. Su mirada sumergida en el pozo más profundo. Y la de ella perdida en el infinito reflejo de los espejos enfrentados.
¡Que ojos! Mientras cierra las puertas de la cabina.
- Gracias.
Un pequeño sacudón y la travesía en marcha.
Me parece que no vivís acá.
Que rico perfume. ¿Cuál era?
Ella reposa su cuerpo contra el espejo, sus manos se cruzan y sus dedos inician aquel cíclico juego de espera. El sonido de la maquinaria en movimiento musicaliza la escena.
Nunca antes te había visto, y vengo seguido.
Segundo,…tercero…
¿Noveno qué?
Me gusta…
El respira profundo y mira el techo del ascensor donde el acrílico blanco difuma la luz, gira su reloj pulsera y sin ver mira la hora.
¿Que hora es?
Sos hermosa.
Ella se acomoda una vez más. El la mira, pero no a los ojos, sino a su eterna repetición.
Me parece que sos tímido. Vuelve a sacar el llavero de su cartera.
El mira más abajo aún, solo ve sus desgastados borsegos marrones.
Quinto…sexto…
¿Venís seguido al edificio?
¿Por que no salimos juntos uno de estos días? Nos encontramos acá y vamos a tomar algo.
Me gustaría verte de nuevo. Séptimo…octavo…
¿Por que tan rápido? ¿Por que no se parará? Noveno…
Sus manos se apresuran a alcanzar las manijas y abre las puertas decepcionado.
Al pasar junto a él, le hace un último regalo. Su perfume lo abraza, lo seduce.
Se cierra la primera puerta, la segunda la sigue.

El silencio reinante se quiebra por primera vez.
- Gracias.
- No, de nada. Chau.


Matías Bacalov

jueves, 28 de abril de 2011

Manuel Lopez. Reflejos

Caminaba, con su mirada centrada en los apetitosos dulces, eran la doce del medio día según cantaban las campanas de la vieja iglesia, mala hora para pasar por delante del escaparate de la Cafetería Bucaramanga, su exótico nombre en homenaje a la llamada “ciudad bonita” de Colombia y ese delicioso olor a café, a cacao y a dulces que impregnaba el aire, le hacían retroceder en el tiempo hasta su infancia, a esas tardes soleadas de otoño con los amigos del cole, a esas meriendas de chocolate caliente y pasteles y a las también dulces reprimendas de mamá por llevar en la boca, manos y ropa más cacao del que había ingerido.


Manolito, la ropa te dura limpia el tiempo que tardas en salir a la calle. ¿Cómo puedes ser tan descuidado?


Después se iba con los amiguillos a jugar al descampado, y allí terminaba de rematar su faena con la ropa. Recuerdos de una niñez tierna, un hogar acogedor de un barrio obrero donde la imaginación era la mejor de las armas, quizás la única, para combatir el aburrimiento. Sólo tenían la calle y todo lo que había en ella, botes, palos, piedras, cuerdas... Un maravilloso mundo lleno de valiosos objetos que nos pertenecían a todos, igualando cualquier diferencia económica, racial o de otro tipo que existiera entre los niños del barrio


En estos pensamientos se encontraba cuando, al enderezar su cabeza mirando de nuevo al frente, observó como a unos cuantos metros la imagen de una mujer que se le acercaba andando por su misma acera, y le agradó lo que veía. Se trataba de una señora de piel morena y pelo negro azabache, era alta y su caminar elegante. Llevaba una falda, gris marengo, por encima de las rodillas, que dejaban al descubierto unas bien formadas pantorrillas, resaltadas por unos zapatos de tacón, no muy alto, negros. Sobre sus hombros caía una chaqueta también negra de corte clásico, abierta por el pecho, dejando ver parte de la blusa de color magenta, cerrada hasta el cuello, bajo la que se adivinaba un hermoso busto. Se iban acercando el uno al otro y observo que lo miraba tan fijamente como él a ella. Se la veía segura de sí misma, su gesto, aún no siendo una sonrisa, irradiaba alegría, esa felicidad que envuelve a algunas personas, y que contagia optimismo a los demás, como decía Galiano, “Fueguitos que arden la vida con tantas ganas que no puedes mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”. Así veía a esa mujer de cutis liso y cuidado, sabía que le gustaba estar guapa, que se sentía orgullosa de su aspecto y quería mostrárselo a los demás en el mejor estado posible, sus pendientes de doble caída, azul pálido resaltaban el tono oliva de su rostro asentado en un cuello delgado, firme. Sus manos, grandes, con dedos largos terminados en uñas, perfectas, pintadas de esmalte transparente, hacían pensar en un trabajo intelectual o bien en un cuidado intensivo de éstas, sus brazos también extensos y musculosos... Era hermosa, lo sabía, y esa era la razón por la que se la notaba tan segura....


Apenas a unos pasos pudo distinguir sus ojos, oscuros y bellos, retocados suavemente por rímel y un poco de sombra azul claro muy tenue. Llevaba los labios pintados de un discreto rosa palo, ahora, ella, sí sonreía, cuanto más se acercaba más amplia y sincera era su sonrisa, tenía motivos para ello. pasó muy malos momentos, libró mil y una batallas para lograr ser aceptada, muchas veces estuvo a punto de abandonarlo todo, de venderse, pero al final ganó la guerra, consiguió el trabajo que había anhelado toda su vida y el amor llamó a su puerta, que estaba abierta hacia mucho, esperando a la persona que la aceptase como era, ésta llegó al fin, y lo hizo para quedarse.


Se acercó un poco más, la podía tocar con sólo alargar el brazo, en ese punto se detuvo y con gesto orgulloso y voz firme le dijo a su imagen reflejada en el espejo de la tienda:


Podría estar mirándote toda mi vida. ¡Hermosa!

       Carlos Valdés Cervantes

sábado, 23 de abril de 2011

Vuelta a casa

El esfuerzo de desvestirse ha sido tan agotador, que el anciano se sienta desnudo en el borde de la cama intentando recuperar el aliento. -¿Hasta cuándo?- se pregunta tembloroso, mientras hunde su rostro entre las manos. Levanta sus ojos nublados al techo y musita, -Estoy tan cansado.-
Hace cinco años que Eduardo dejó la investigación y tres que murió su esposa Matilde. Él se daba cuenta de que cometía pequeños errores en el laboratorio y olvidos que podían afectar la evolución de un experimento. No quería aceptarlo y al principio intentó disimularlos. Se volvió irascible y buscaba embrollados argumentos para cargar las culpas sobre los pobres becarios. Luego se avergonzaba de su actitud.
Matilde fue la que lo convenció para que renunciara. Ella, con aquel aplastante sentido común que la caracterizaba, le dijo un día, - Se te empieza a notar la vejez. - Eduardo solía decir que no era fácil llevarle la contraria a Matilde, aunque esta vez admitió que tenía razón. Había dirigido proyectos importantes en el Centro de Medicina Molecular y fueron años de mucho trabajo, pero también de gratificantes reconocimientos a la labor desempeñada. Hacía tiempo que no echaba de menos su vida profesional y mucho menos la compañía de sus colegas. Demasiada angustia, demasiadas zancadillas.
Se estaba enfriando ahí sentado como Dios lo trajo al mundo y comenzó el lento proceso de ponerse el pijama. Después, extenuado de nuevo por el esfuerzo, metió primero una pierna y después otra, con cuidado, debajo de las cobijas. Cuando posó finalmente su cabeza sobre la almohada, soltó un suspiro de alivio.
Siempre pensó que cuando se retirara se dedicaría a leer todos aquellos libros que había dejado para su jubilación. Emprendió la lectura de los siete volúmenes de Proust, sin embargo al poco tiempo se dio cuenta de que olvidaba lo que había leído en la página anterior. Entonces cogió la manía de subrayar algunas frases que le parecían claves para ayudarle a recordar. Un día Matilde cogió el libro y vio que no había frase sin subrayar. Guardó aquel primer volumen de En busca del tiempo perdido en una de las gavetas del cuarto de plancha, dispuesta a devolvérselo si lo reclamaba. Pero Eduardo nunca lo hizo. Desde entonces sus actividades se redujeron a un metódico paseo por el barrio, a la misma hora y por los mismos sitios, y a ver novelas latinoamericanas en la televisión. Se entretenía con aquellas historias rocambolescas de nacimientos ilegítimos y amores contrariados. Los avatares de la protagonista, virginal y bella, le enternecían y le hacían llorar. Ya no le daba vergüenza, porque como un adolescente, había vuelto a enamorarse del amor.
Como una caricia a la mujer ausente, Eduardo pasó con suavidad su mano sobre la otra almohada. Ya no podía recordar su rostro y a veces olvidaba su nombre, pero la echaba de menos. No en balde se duerme con alguien durante sesenta y seis años. Pero ayer había empezado a oír a una persona hablando en el cuarto de al lado. Pensó que era su madre, muerta cuando él era todavía un estudiante de medicina. Entre las brumas de su mente, reaparecieron fragmentos de poemas que ella solía leerles, en la casa de Titiribí, mientras esperaban la vuelta de su padre de la finca. No era fácil conseguir libros en aquel pueblo encaramado en las montañas antioqueñas, pero su madre tenía un cuaderno donde apuntaba poemas que le gustaban. El viejo cerró los ojos arrullado por la voz cadenciosa de su madre. A través de una ventana abierta, le pareció oír el sonido hueco de los cascos de un caballo contra el empedrado de la calle y los saludos quedos de los campesinos que volvían de faenar. La llamó en voz baja, - Madre, madre, ¿dónde estás?- y se quedó quieto en la cama, a la espera de que entrara a darle un beso.

Feliz día del libro

Por fin estoy dentro

conseguí entrar en el blog y poder publicar. Gracias Carlos.

jueves, 21 de abril de 2011

La Decisión

Solo faltaban cinco días para volver a casa, el curso había sido excelente, y terminaba justo para celebrar las fiestas de San Juan. Unos días fuera de la rutina habían hecho que Susana se sintiera renovada y con ganas de volver a sus obligaciones habituales, a sus hijos y a su pareja.
Este punto en especial la inquietaba un poco, los dos últimos días no había podido comunicarse con Mario y sentía que el no estaba muy conforme con su viaje.
Siempre había sido muy posesivo y cualquier cosa donde el no estuviese involucrado lo alteraba. Susana ya había aprendido a manejar esta situación pero siempre sentía la inquietud latente.
Llegó al fin el día de su regreso definitivo. En el aeropuerto la esperaban Mario y los niños, respiró más tranquila tal vez eran temores infundados.
-Mario mi amor ¿cómo has estado? ¿Cómo se portaron los niños?
-Bien, ya sabes que a mí, ellos no me dan problemas-su voz era un poco seca y cortante.
-¿Ningún problema en mi ausencia?
-Nada Susana, mientras tú te divertías todo funcionó perfectamente.
Susana abrió los ojos desmesuradamente
-¿Me divertía? ¿Qué te pasa Mario? Sabes que estaba en viaje de negocios, estudiando para superarme en mi trabajo.
-Eso es lo que tú dices, pero a mí no me consta que haya sido solo estudiar ¿con quién salías en las noches? ¿A quién has conocido?
Apenas estaban abandonando el aeropuerto y dirigiéndose al carro, y Mario ya había estallado en el ataque de celos que tanto temía Susana.
Hablaban en voz baja para no asustar a los niños pero ellos, hacían silencio retraídos en sus video juegos para no escuchar de nuevo esas conversaciones que tanto los inquietaban.
-Venga Mario, no empieces, ¿por eso no habías llamado ni contestabas mis llamadas?
-No pretendo molestarte, quiero que hagas tu vida, a mí déjame atrás.
-¿Sabes qué? Ya conozco esa actitud, ahora viene el momento de hacerte el mártir, pero no estoy dispuesta a caer en tu juego Mario. Haz lo que creas conveniente, yo estoy en paz con mi conciencia y no me vas a seguir manipulando.
Ya estaban cerca del conjunto residencial donde tenían su departamento en el piso siete, Susana quería llegar a casa pero a la vez temía el matiz que podía tomar el conflicto.
Mario entró en silencio y se dirigió directamente a la habitación mientras Susana trataba de bromear un rato con los niños, revisar las tareas del colegio que hicieron durante su ausencia y tratar de que todo se sintiera normal.
Una hora más tarde Susana se llenó de valor, respiró profundo y se dirigió a la habitación. Mario estaba sentado en la cama, envuelto en una nube de humo y con los ojos enrojecidos y llenos de rabia, a su lado un vaso de licor a medio tomar.
-Querido ¿necesitas algo?
-Si tonta, te necesito a ti, ahora mismo
-No es el momento Mario, espera a que estés más calmado
-¿te das cuenta? No quieres nada conmigo, siempre es lo mismo ¡ya estoy harto!
-Cálmate, de esa forma no vas a lograr nada conmigo y lo sabes
-¿y de esta?-dijo sacando un arma de debajo de la almohada.
Susana se quedo sin habla, jamás habían llegado tan lejos, su mente le decía que no sería capaz, su instinto le indicaba que se marchara, su sentido común que actuara de forma inteligente y evitara cualquier locura, pensaba en los niños, en su madre que tantas veces la previno diciendo que Mario era un neurasténico.
Ahora debía decidir en fracciones de segundo su futuro. Ya lo había denunciado un par de veces por maltrato psicológico, pero las autoridades nunca le dieron mayor importancia.
-Mario querido, no juegues conmigo, no me asustes. Estoy aquí para ti, como siempre.
Mario se sorprendió de su actitud, y por un momento cedió a Susana, dejo el arma sobre la mesita al lado de la cama y se levanto a abrazarla.
-Susana ayúdame a controlar esto que siento
-Nunca más lo sentirás te lo prometo.
Los cohetes de San Juan se confundieron con el sonido sordo que se escuchó en el séptimo piso aquella noche.

Brando




Eran las 2.00 de la madrugada, Brando no podía conciliar el sueño y decidió navegar un poco por la red, sentía que no estaba en su mejor momento, de nuevo las voces lo atormentaban escuchaba a lo lejos impactos terribles, hierros retorcidos y gritos en la profundidad de la noche. Eras recurrentes estas pesadillas en sus momentos de soledad, aun despierto no dejaba de imaginar la tortura de los accidentes automovilísticos, eso ocurría desde que a los seis años perdió a sus padres en uno de esos accidentes. Su tía Octavia se había ocupado de él en los primeros años pero a raíz de sus compromisos laborales se había alejado del país cuando el ya tenía edad para defenderse solo, desde entonces, trataba de estudiar, era un buen chico aunque de personalidad un poco retraída y pocos amigos. En el edificio donde vivía había conocido a Emilia, una joven estudiante como el, desenvuelta amistosa y fundamentalmente muy respetuosa de su intimidad, se atrevía a dejarla entrar a su universo ocasionalmente, y en su presencia lograba sentirse al límite de lo que él consideraba normal, eso lo tranquilizaba y sentía que era su punto de equilibrio. También estaba doña Pura, una ancianita que se preocupaba por él y en algunas ocasiones le llevaba ricos caldos que el tomaba con gratitud y cariño. Esa noche no podía controlarse, había tomado los medicamentos de costumbre y pensó que tal vez un rato en el ordenador le haría olvidar sus fantasmas. Una página lo fue llevando a otra y cada vez sentía las voces más cerca irrumpiendo cada espacio de su ser. Un estruendo despertó a Emilia en medio de la noche, se encontraba sola en su cama, habían transcurrido apenas dos horas desde que se quedo dormida después de escuchar las noticias de las doce. Intentó analizar que podía haber causado un golpe de tal magnitud y se levantó sintiendo palpitar su corazón aceleradamente. Asomada por la ventana del apartamento tipo estudio, un piso apenas la separaba de la avenida Oeste 7 del barrio La Pastora en un pequeño y antiguo edificio de la zona donde vivía desde hacía un año cuando se trasladó a Caracas a estudiar. La luz del poste iluminaba tenue la calle y allí justo debajo de la ventana se podía divisar un amasijo difícil de identificar. En ese momento sonó el teléfono, era la Sra. Pura del Nº2, al igual que Emilia se había despertado con el fuerte ruido que causó el extraño objeto y quería saber lo que había ocurrido. Aparte de Emilia y la Sra. Pura solo vivía otro inquilino en el edificio, en el Nº 3. Brando, un joven encantador, amistoso y bondadoso, estudiante de literatura y siempre dispuesto a ayudar a sus vecinas, vestía de forma un tanto extravagante con ropa un poco pasada de moda chaqueta de cuero ceñida al cuerpo, pantalones ajustados generalmente de Jean y llevaba el cabello tan largo que llamaba la atención. Casi siembre estaba solo, de su vida privada sabían poco, apenas que era de una ciudad del sur y según le había comentado doña Pura sus padres habían fallecido hacía unos años, solo una tía lo había visitado una vez y le había pedido a Pura que velara por él. Brando no dio señales de haberse enterado de nada y no les pareció prudente llamarlo a esa hora tan inoportuna. Antes de irse de nuevo a la cama a intentar conciliar el sueño, volvió a mirar por la ventana sin poder descifrar la forma del objeto que había impactado en la calle. A las 6.00am se despertó como siempre con los primeros rayos de sol y mientras se desperezaba en el lecho recordó el inusual episodio de la pasada noche, se acercó a la ventana y no había rastros de nada sobre la acera, extrañada tomo su café y se arregló rápidamente para ir a la Universidad. Al bajar la escalera, se tropezó con Brando que subía y le preguntó si había oído algo raro la noche anterior, o se había enterado de lo sucedido. El con su mirada serena y sonrisa simpática se acerco a Emilia y la beso en la mejilla diciéndole lo encantadora que estaba a esa hora de la mañana, ignorando por completo la pregunta de su vecina, quien insistente volvió a preguntar. De nuevo desvió la atención mirando hacia todas partes y con su carismática voz le dijo que hacía un día precioso y que el Ávila se veía majestuoso al amanecer. Emilia estaba perdiendo la paciencia y le preguntó de nuevo, esta vez el se detuvo pensativo un momento y le dijo que él no había escuchado absolutamente nada y posiblemente ella lo había soñado, el tono de su voz era un poco más serio que de costumbre y Emilia prefirió no seguir preguntando, además ella estaba segura y la llamada de la Sra. Pura también le confirmaba que fuese lo que fuese había sido real. En la universidad pasó el día pensativa, la actitud de Brando la había desconcertado ¿en realidad habría pensado que todo fue un sueño? Todavía con su insaciable curiosidad y la extraña sensación de que algo no estaba del todo bien, al regresar de la universidad decidió subir al piso de Brando, otras veces lo hacía al llegar de clases, ya que el le dejaba usar el computador y así ella adelantaba sus trabajos del curso, luego solía quedarse un rato compartiendo algo de cenar y un poco de la buena música que el coleccionaba. A menudo ella se asombraba de los conocimientos de Brando, parecía saberlo todo y se dejaba llevar a través de las maravillosas historias que el contaba. Al llegar a la puerta apareció Brando con el cabello totalmente desordenado, los ojos desorbitados y la mirada inundada en la mas profunda tristeza, en la comisura de los labios una sustancia seca le daba un aspecto repugnante, jamás lo había visto así. Su sonrisa se había convertido en una mueca y ella extrañada dirigió la vista hacia adentro del apartamento, estaba lleno de platos sucios y alimentos a medio consumir, el lugar estaba nauseabundo y una música estridente inundaba el recinto. Instintivamente dio un paso atrás al tiempo que su mirada se dirigía a la ventana abierta, cerca del lugar donde siempre estaba el computador, allí solo había fragmentos de cristales esparcidos por el suelo y la cortina ondeando al viento. Se miraron profunda y largamente en medio del terror que provoca descubrir ciertas realidades.